jueves, 3 de mayo de 2018

El sótano.

Da igual lo que haga.
Ya estoy aquí.
Está todo oscuro.
Grito.
¿Quién me va a oír?
Imagino que nadie.
Ya nadie quiere escucharme.
Todos se hartaron de mí.
Además, sé que no hay escapatoria.

Nadie escapa del sótano.

Mis pasos se hacen ruidosos a medida que busco alguna luz, un interruptor que me haga volver a mirarlo todo con claridad, pero mi mano solo encuentra, sorprendentemente rápido, una superficie lisa pero fuerte. ¿Por qué estoy aquí? Puedo cambiar. Cambiaré.

A lo mejor me escudé demasiado en el futuro, en que todo volvería a la normalidad, en que no me quedaría algún día aquí encerrado y mi estancia era pasajera. Comienzo a golpear la pared pidiendo auxilio. A veces me ha servido, a veces han bajado a por mí, aunque el simple hecho de estar ahí diera escalofríos. Nunca agradecí lo suficiente esos favores. Quizá por ello mi castigo sea estar aquí. Se me olvida que nadie me escucha. Grito un poco más, mientras comienzo a golpear las paredes con una virulencia que me hace daño a los nudillos. La desesperación me ciega, estar aquí dentro un segundo más es insoportable.

Se me cruzaron dos extraños destellos. Quizá había alguien ahí conmigo y no había hablado todavía. Quizá esa persona me llevó aquí a base de golpes. De repente, me siento observado. Siento a alguien detrás de mí, y el frío metálico de una pistola en mi nuca. Me giro bruscamente, golpeando y rompiendo el espejo. Suelto una carcajada y disparo.

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