domingo, 21 de junio de 2015

Michael Baldwin.

Me levanté aquel día, aunque, siendo sincero, no creo que durmiera.

Mi cuarto está desordenado, con la mesilla de noche tirada y yo apesto a alcohol. Me levanto y me resbalo con mi propio vómito. Qué asco.
Sin la más mínima expresión de dolor me levanto. Me he caído sobre el vómito y ahora tengo que cambiarme. <<Ya iba trajeado>> pienso. <<Vaya mierda>>.
Tras lavarme un poco y prepararme miro el reloj. Las diez y media de la mañana. A lo mejor no había sido tan malo.
Desayuno, me peino y repeino y me voy.
Cojo el coche y voy hacia la iglesia. Hoy va a ser un día muy extraño.
El camino se me antoja como una especie de pasillo de la muerte: interminable, triste y gris.
Paro el coche, me compruebo y salgo.
-¡Mike! ¡¡Por fin!!-dice un amigo al que no veo desde hace varios meses.

Me doy cuenta de que fuera de casa dejo de ser el Sr. Michael Baldwin, diagnosticado con depresión hace tres meses, que sigue con tratamiento psicológico.
No. Fuera soy Mike, el tío con el que te sientas a ver el partido de 'esos jodidos Penguins' que siempre la pifian por culpa del entrenador. El tío con el que echarte unas cervezas una tarde cualquiera, el amenizador oficial de todas las fiestas. Un tío del que te puedes fiar.
Dentro del traje hay una persona desnuda al completo, sucia, que llora desconsoladamente, tiene ataques de ira y se toma cantidades ingentes de alcohol de manera habitual. Pero... nadie conoce al sr. Baldwin en esta ceremonia.

¿Saben? Intentaba relajarme. No iba a ser larguísimo. Ceremonia, convite, y en menos de cuatro horas a casita.
Pero entonces llegó el momento.
Ya había saludado a todos los invitados: a los que conocía, a los que no, e incluso dos veces al sacerdote.
Me adentré en aquel inmenso recinto. En aquel lugar se celebraría la boda y la comida posterior.
Allí la encuentro. Me mira y yo la miro. Está ya con el vestido de novia.
-Gracias a Dios que has venido, Mike. ¿Qué tal estoy?-pregunta, sin contemplaciones.
Y yo quise decirle que solo con verla podía sentir todo lo que había soñado, que formara parte de su vida significaría más que todos los sueños infantiles que se propuso realizar, que quería que la luz de sus ojos guiara su camino, que la amaba, maldita sea, la amaba sobre todas las cosas y no podía soportar la idea de que fuera a pasar la vida entera con otra persona. La quería a morir.
Me da un abrazo y las lágrimas casi se me saltan. A punto de llorar, espero que el abrazo dure poco. Pero es un abrazo largo, de esos de "este es un momento importante en mi vida, y necesito a un conocido cerca".
-Yo... yo... La... Laura...-titubeo algo con la voz temblorosa-estás preciosa.
-¡Muchas gracias, Mike, eres un cielo!-me responde alegre como siempre.
Yo me voy sin despedirme.
Me escondo en los baños y empiezo a llorar desconsoladamente. Sin dejar de llorar, me lavo la cara y salgo.
Voy hacia la iglesia de nuevo, y allí me siento antes de que empiece todo.
Él entra. No le tengo rencor, solo la mayor de las envidias.
Y entonces ella entra, entre los aplausos de los invitados. Poco a poco, la ruborizada novia entra en escena con su precioso vestido color crema y ese peinado que le había costado un ojo de la cara conseguir.
Yo sonrío mientras las lágrimas se me caen. El peor sentimiento del mundo es ver como la persona a la que amas, a la que adoras, esa persona por la que darías todo, esa persona increíble que llena tu vida y te hace feliz y mejor... se va a casar con alguien que no eres tú.
Mientras todos se sentaban y el sacerdote se aclaraba la voz para comenzar, me levanté. Sonriente, llorando y con furia en mis ojos, miré al sacerdote, al novio, a los invitados, y finalmente miré a Laura y dije:-No puedo soportarlo.
Me alejé de aquel lugar y en el bar más cercano llené mi sangre de alcohol en poco tiempo, me metí alguna de esas "pastillitas para dormir" y cogí la carretera. Cuando vi el primer andén, no lo pensé dos veces... Quizá era así mejor... Mi vida no estaba hecha para la felicidad.

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